lunes, 25 de febrero de 2013

Y otra fiesta: generosos.


No quiero saturar al lector, pero van a ir dos seguidas en el mismo escenario. Con el recuerdo del homenaje a de la Osa aún caliente nos reunimos de nuevo en Naguar una noche de jueves para otra fiesta, esta vez, con Coalla implicado en el asunto y con los vinos de Jerez como pretexto. 

El guión yo ya lo conocía, más o menos el mismo que en diciembre se usó para un acto muy parecido en Vinoteo. Los protagonistas, no obstante, no coincidían totalmente. Algún vino sería distinto y los platos, claro, todos diferentes.

David Barro defendió como pudo su presentación, su introducción teórica a la magia de esos vinos. No fue fácil porque éramos una mesa para catorce en una esquina pero el comedor estaba abierto y atendía a algunas mesas más. Y vamos a decirlo todo: porque parte de los asistentes no tenían mucho interés en escuchar las explicaciones, sino sólo en comer y beber. Por decirlo suavemente.

Vamos al grano. Empezamos la velada con un falso vermut, que es en realidad el cream Isabela servido con hielo y rodaja de naranja, para demostrar la versatilidad de estos vinos. Para tormento de los impacientes, el maridaje de este fue PowerPoint y charla. 

Pero todo tiene su tiempo y al fin llegaron a la mesa los calçots, algo que Martino acostumbra a trabajar, y el OVNI, vino del que ya he hablado en otras ocasiones, ese Pedro Ximénez elaborado en seco tan peculiar. Sorpresa con el vino, dudas con los calçots (si comerlos al modo tradicional o usar los cubiertos y una alternativa más prudente) pero parecía gustar todo aquello. A mí, sin duda. Me encantan los calçots y puedo prescindir de las exhibiciones de capacidad de engullir, acepto los cubiertos.        

Con el cremoso de compangu, ese lingote de una especie de paté asturianísimo, bebimos Colet-Navazos, experimento curioso donde el nacido cava se vuelve mestizo y sustituye licor de expedición por vino de Jerez. De este no he hablado en el blog aunque sí en Facebook. Seguía la fiesta y la gente parecía pasarlo bien. 

Hasta aquí podemos considerar la fase de aperitivo de la cena, aunque toda ella estuviera concebida en plan informal y para pequeñas degustaciones. Pero si te ponen una ostra en la mesa y empiezan a desfilar botas del equipo Navazos especialmente escogidas la cosa crece, son palabras mayores.

Ostra con torreznos y Bota 35, fino, saca de junio de 2012. Un fino maduro, de un color precioso, dorado con fuste, que ya te dice cuáles son sus intenciones. Aquello es de trago pausado, para saborearlo, dejar que te llene la boca, que se pelee con los sabores difíciles. De entre los manjares de prestigio no es la ostra mi preferida pero la combinación provocaba (bueno, manjares de prestigio, pocos, que uno es plebeyo, mero diletante. Y además son caros).

Algunos en la mesa nos miramos con complicidad cuando llegó el oricio. Ese rico revuelto de oricio que vimos por última vez en Caces hecho tortilla suflada aquí venía a pelo dentro del caparazón del bicho, de esa alezna. Qué recuerdos. La propuesta para este bocado era la Bota 39, una bota "NO" (aquí tocó la explicación de esas marcas tan personales que hacen los capataces en las bodegas andaluzas del Marco de Jerez, como este NO o algún NPI que significa exactamente eso que estáis pensando) de manzanilla pasada. A mí fue la única que me defraudó un poco. Hubo un no sé qué de madera vieja excesivo, una nota sucia que se hacía demasiado fuerte y quería tapar la finura del oricio. 

Pero no me iba a dar tiempo ni a torcer el gesto porque llegó a la mesa el palo cortado, esta Bota 34 que hizo el silencio por mi lado. Impresionante, un mundo en sí mismo, un viaje a su tierra natal y a otro momento; dejó de ser invierno, se paró el tiempo por unos segundos. La noche había cambiado. Encima, por si necesitásemos algo más, su compañía sólida fue un queso hermano del que aparece en el artículo anterior, del que Manolo de la Osa se había traído de su tierra. Pieza más pequeña y con menos intensidad que aquella, pero excelente de todos modos. Habíamos llegado a la cumbre de la cena.

Aunque si soy sincero quizá tenga que aceptar una sorpresa tan grande o mayor en el postre, porque la emoción fue parecida y a mí me gustan poco los vinos dulces, así que el mérito de este es grande. Otra bota NO, de esas especialísimas, de esas que se apartan, que no se mezclan, la Bota 36 de Pedro Ximénez, un desafío a la densidad del vino, con una edad de solera por encima de 30 años -se apuntó hasta 50- y con un porcentaje de azúcar natural conservada que casi prefiero no saber. Moderado en alcohol, frutal y con esa acidez tan alta que parece increíble en vinos tan viejos y dulces. Además la casa volvía a provocarnos desde la cocina con recuerdos entrañables, el suspiro de Pajares en versión galleta un poco mayor, pero era ese suspiro con el que terminaban las comidas en L'alezna.

Después de tanto viaje imaginario por los recuerdos, después de asombrarnos con los últimos vinos, después incluso de conversaciones de contenido tecnológico, que no armonizan bien con la comida, salimos de allí con el mismo ánimo que teníamos dos semanas atrás, más rápida, más leve, pero otra gran fiesta. Y algunos, con planes de compra, con la vista puesta en las estanterías del distribuidor que nos presentó estas botellas. Ojalá se repitan ocasiones así. Sólo puedo terminar dando las gracias.

martes, 12 de febrero de 2013

Homenaje a Manolo de la Osa


El pasado jueves tuvo lugar un acto entrañable y goloso, el homenaje a Manolo de la Osa por parte de cuatro cocineros -y amigos- que en algún momento aprendieron algo de él. Un homenaje que se celebró como mejor puede ser entre cocineros, cocinando, y que los aficionados que asistimos lo disfrutamos como mejor podía ser para nosotros, comiendo. Con Pedro Martino como anfitrión, se juntaron en Naguar cuatro asturianos y el maestro manchego. Abrimos la jornada con una mesa redonda; los cinco y David Fernández-Prada como maestro de ceremonias hablaron de cocina, de tendencias y de lo que fue menester, distendidos, de forma amena. Pausa para rematar la cena y a la mesa, que aquí habíamos venido a eso.

Vaya por delante la advertencia que también hicieron ellos mismos: esto es una celebración, una fiesta. Para lo bueno y para lo malo. Me explico: no es el momento ideal para conocer con detalle la cocina de cada uno, no es el momento de valorar el funcionamiento de la casa anfitriona y no será la cena más tranquila a la que se pueda asistir, porque tiene el planteamiento y el ritmo de una fiesta. Y eso es lo que tiene que ser, algo alegre, desenfadado, divertido; con comida y bebida, sí, pero con alegría por encima de todo. En mi caso, desde luego, así lo viví y lo disfruté, mucho. Y mis compañeros de mesa también.

Pero estos aficionados tozudos que somos no podemos dejar de dar vueltas a los platos igual ni de comentarlo con los demás de la misma cuerda, así que vamos con los detalles. La idea fue muy buena, repartirse el menú -dos platos cada uno- y sacar algo representativo de la cocina de cada cual. Para no hacer esto demasiado largo no voy a entrar en presentaciones de cada cocinero, creo que de sobra conocidos, y si luego surge, ya tendremos tiempo de hablar de eso.

Empezamos con una trufa de perdiz al chocolate del propio Manolo de la Osa. Tuvieron  el buen detalle de avanzarnos los platos elegidos durante la mesa redonda y explicar un poco la razón o la intención al escoger ese plato, y sobre este sabíamos de la devoción del autor por la caza, la idea de jugar con textura y forma y el uso de tostados que también le gustan. Pues el bocado fue sugerente pero en mi opinión el tueste de la cobertura externa era excesivo, se apoderaba del conjunto y le restaba virtudes.

Turno para alguien de aquí, para Nacho Manzano, y algo ya clásico suyo, los oricios con holandesa acidulada. Un producto que puede ser una pequeña joya, que te pide poco y te da mucho, un fetiche para él (como también lo es para Martino, por ejemplo). De acuerdo, el producto ya lo da casi todo, pero hay que saber respetarlo. Y esta preparación lo hace con mimo, con delicadeza, sin restarle nada de su sabor y dándole acompañamiento discreto. Muy buenos.

Los dos siguientes son los platos de Ricardo González (y no Rodríguez, como le estuve llamando esa noche en twitter todo el tiempo; perdón). El foie con anguila, almendras y café era una buena idea, una combinación apetecible, pero tuvo un problema, un ahumado un tanto artificioso, que nos olía "a papel quemado". Demasiado marcado ese olor, perjudicó al conjunto.

Salió mejor parado este de maíz con sardina salada, tomate seco y ajo negro. Algo fuerte el punto de sal pero el fondo de maíz lo dominaba y ayudaba a un buen paso por el paladar. Otra buena combinación y ese guiño al maestro (Ricardo pasó casi dos años en Las Rejas) en el ajo, lo que me hace recordar que tengo pendiente la visita al Retiro... Bueno, que hemos dicho que este no es el momento de tomar como muestra los platos.

Primero de los de Marcos Morán, su interpretación de los berberechos. Otra vez el producto pleno, sabroso, que se justifica por sí mismo. Hablamos de la dificultad para hacer un pase sin fallos en un acto así y el propio Marcos nos apuntó que había perdido temperatura, que quizá faltase calor. Pese a todo se defendió bien; quizá con más problemas en un fondo que tapaba más de lo que me hubiese gustado a los moluscos que en lo templado que llegó a la mesa.

Y aquí llegó el plato más polémico de la noche, el civet de liebre cru, también de Manolo de la Osa. Resultó ser más que nada un juego visual y conceptual. Remolacha y frutos rojos y negros eran la parte principal y el color, y la liebre marinada ponía un contraste más bien de consistencia, de textura. Pero no me gustó, no me dijo nada, no me llegó. Y tampoco a mis compañeros de mesa (que me perdonen por esta licencia, por descubrir cartas, pero tiene importancia). Demasiado incisiva la remolacha, desequilibraba al resto. Y el resultado era frío. Curiosamente, a los ámbitos más profesionales (cocineros, críticos, periodistas...) pareció gustarles mucho, aunque lo sé por fuente indirecta. En fin...

Primer plato del anfitrión, de Pedro Martino. Rodaballo sobre un fondo concentrado, con una salsa suave a base de alioli y raíz de perifollo, que ponía una nota casi picante, fresca. La gelatina del pescado y la densidad del fondo hacían bocados amables, cálidos. Algunos agradecimos la vuelta de los rasgos típicos de platos de Martino, recordamos la etapa de L'alezna.

Y después llegó el resultado de una improvisación anunciada. Nacho Manzano había advertido que no tenía decidida la presentación final de su cabeza de lechal, sólo los elementos  principales estaban claros.      
Pues esta fue la presencia de los sesos, la oreja y las mollejas, todo con una consistencia estupenda, accesible, todo con su sabor bien definido. Me gustó mucho este plato, o este esbozo, más bien deberíamos decir. Pero será interesante seguirle la pista si lo volvemos a encontrar.         

La fiesta salada llegaba al final, se acercaba el postre. Siempre tengo problemas para encajar el queso en ese capítulo, me gusta demasiado, me apetece hacer de él "más plato". No sé, llamadlo como queráis, prepostre si 
os apetece. Lo importante es que esta aportación de M. de la Osa fue soberbia. Un manchego bien curado de muy buena calidad, que se elabora envuelto en una pasta de ajo. Esta impregna la corteza, la doma, la ablanda. Prohibido no comerla. No dejamos ni una miga.

Las dos muestras dulces les tocaban a Morán y a Martino. Empezó Marcos con una interpretación de té con limón. No llegó a entusiasmarme pero me parece 
que cumplió bien su cometido. Fresco, con un punto de acidez, hizo bien de primer postre, de cortante después de tanto plato salado. Incluso le encontré un punto infantil, juguetón, de "gominola". Suficiente para agradar.

Y el cierre volvió a quedar en casa. Pedro ofreció unas natas con castañas, de temporada, con un toque casero agradable, parecía postre "de abuela", no de restaurante. Me gustó esa manera de acabar. 
  
Creo que esto se prolonga mucho pero no quería dejar fuera ningún plato, ni siquiera las (malas, lo lamento) fotos. Y todavía falta aportar un balance final, una conclusión.

Fue lo que tenía que ser, lo que se quería que fuese, una buena fiesta. Fue un homenaje merecido. ¿Fallos? Claro, alguna demora, alguna temperatura inadecuada, cómo no. Y alguna irregularidad de los platos (ese ahumado artificioso, un fondo que encubre demasiado, que si faltaría un toque maillard en un pescado...), de acuerdo, pero ¿a qué habíamos ido? A divertirnos y a dar ese simbólico abrazo a Manolo de la Osa. Ninguna queja en ese aspecto. Lo demás que nadie lo exija donde no se puede. Porque, se dedique cada uno a lo que se dedique, ¿acaso ha hecho su mejor trabajo alguna vez en medio del bullicio de una fiesta? Salvo que su profesión sea precisamente organizarlas, no.

Quiero terminar dejando claro que si fui a esa cena fue precisamente porque se dedicaba a Manolo de la Osa. Como los platos que presentó aquí no me convencieron dejo esta otra visión, publicada en su momento en Los Diletantes, para aclarar las cosas si alguien sigue sin entender de qué iba esa noche. Ya lo dijimos al principio y lo dijeron los protagonistas, que nadie busque aquí el mejor exponente de cada cocina, simplemente, que se divierta cada uno y que observe, que siga pistas si algo le parece sugerente.

No, no me he olvidado del vino, simplemente lo obvio porque no me gustó. Pero volvemos a lo mismo: ¿desde cuándo se va a las fiestas a beber bien? Los maniáticos, nunca. Espero que algo de esa noche amena, divertida y bien servida en la mesa os llegue a través de esas líneas. Y ahora, vuestro turno, si queréis.

lunes, 4 de febrero de 2013

Los vinos, sus años...


  
Voy a dedicar algunas líneas a dos vinos bebidos recientemente que me han sorprendido por distintos motivos pero ambos asociados a su edad. 

No es un tema menor la edad del vino, su evolución, su duración posible. En general yo he probado pocos vinos realmente viejos si exceptuamos cosas de Jerez, casi un mundo aparte. La mayoría de las tiendas especializadas y de los restaurantes con buenas cartas no conservan demasiado fondo de bodega, no se arriesgan ni pueden o quieren afrontar la inmovilización de vinos durante años. Los precios, generalmente, serán altos si encuentras alguno. En fin, difícil por tanto llegar con frecuencia a ellos.

Otra faceta del problema es la edad idónea de cada vino. Ser vivo embotellado, juguetón en ocasiones, los hay que oscilan, que se abren y se cierran, que te desafían sin que sepas qué encontrarás en cada momento. Para el aficionado además será placentero vivir distintos pasos de su evolución, probarlo más joven y más maduro. No es fácil decidirse.

El último detalle previo que quiero señalar es el que entiendo escaso potencial de envejecimiento de la mayoría de los vinos españoles hoy día. Nada que ver con esos clásicos riojanos que a veces abrimos, con muchos años encima y en perfecto estado todavía. Tendencia buscada o no, la mayoría de lo que se elabora ahora no parece que pueda aguantar mucho tiempo con sus mejores cualidades. De hecho, el hallazgo de alguna excepción lo celebramos y comentamos con interés.

Dicho todo esto voy con mis compañeros de copa de la última semana. El proyecto vinícola de 4 Kilos es atractivo desde el origen, que está perfectamente narrado en su web.

Un vino que suele gustarme pero que casi siempre me dejó sensación de crudo por haberlo probado recién salido al mercado. Sabroso, bien armado, sí consideré que tendría aguante. Y así me olvidé un poquito en mi bodega doméstica de este 2007 hasta el otro día en que revisé existencias.

Recién abierto encontré un color bastante evolucionado y algún matiz licoroso que podía generar inquietud pero enseguida me calmé. Mucha fruta, frutillos rojos y negros, notas de sotobosque que se fundían con especiados, clavo sobre todo, y con una madera bien ensamblada. Todo armónico, buen tanino dulce, pulido; acidez vibrante. No me arriesgaría a apostar cuánto puede durar ni lo que ganará de seguir en botella pero sí fue suficiente la confianza para lanzarme sobre un 2006 (primera añada que elaboraron) en cuanto lo vi. Espero abrirlo pronto, no obstante; no tendré paciencia para experimentar. 

El rasgo con el que me quedo es ese frescor que tantas veces encuentro en vinos de Mallorca en contra de lo que algún tópico podría apuntar. Ahora estoy aprendiendo cuánto puede durar ese mérito embotellado.

El otro es una asignatura más difícil para mí, que tengo poco bagaje de vinos italianos aún. En ese escaso conocimiento sí he encontrado mucha dureza en los que he probado con poco tiempo; tengo la sensación de que Italia necesita años. Por eso al Lazzarito Vigna La Delizia 2000 lo tuve reposando a propósito hasta este fin de semana.

El resultado aquí me produce más desconcierto. Un ribete caoba al servirlo me hace preguntármelo: ¿es él o son los años? La duda sigue en la nariz, con notas que asocio a terciarios y que se adueñan del conjunto. Alguien con muy buen criterio me ha comentado que puede ser un rasgo de la variedad pero también recuerdo catas con buenos representantes (y bien escogidos) donde aprecié otras cosas. No me pareció tampoco que el conjunto estuviera perfectamente integrado, había aristas. Y ahí vuelve la duda, porque la más notable era la de una muy alta acidez. No era una acidez agresiva pero sí muy presente. ¿Podría entonces durar más, bastante más? Es posible, pero no sé cuál sería el resultado de esa evolución. En fin, como quiera que sea hay una prueba que puede avalar la juventud encubierta de esta criatura: en medio de tanta duda, de tanto recelo, cuando me quise dar cuenta había bebido casi la botella entera yo solo, sin fatiga o pesadez. Algo tendrá, por tanto.

Así que, como otra voz autorizada me apuntó, ante el desconcierto, descorche. Seguir probando, comparando y hablando, seguir disfrutando del vino y no hacer tantas preguntas sino escucharlo, que sea él el que responda.

Y ahora si alguien con más conocimientos que este aficionado lee estas líneas y quiere hacer algo de luz, será bien recibido.

Salud.

martes, 29 de enero de 2013

Otro Australia Day. La Tabernilla (Oviedo)

Otro 26 de enero, Australia Day. Y aunque cueste creerlo hay un sitio en Oviedo donde es fiesta, a tantísimos kilómetros de aquel país. Como cada año, el fin de semana más próximo a esa fecha significa celebración especial en La Tabernilla, un modesto local de un barrio de la capital asturiana. La explicación es más clara de lo que parece. Rafa, que junto a su esposa lleva este establecimiento, fue emigrante en Australia y tiene bien presente su otra tierra. A partir de este hecho empezó una iniciativa para conmemorarlo y para animar el local en una fecha tan mala para la hostelería como suele ser enero. Y aquí estoy yo como casi todos los años. Alguno ya estará pensando y me dirá con razón: "pero Jorge, si estás siempre despotricando contra la comida exótica, ¿qué haces tú ahí?". Intentaré explicarlo en los próximos párrafos.

Queda ya apuntado que hay una justificación emocional para hacer algo así en este sitio, de acuerdo, pero hay más atenuantes para que yo haya participado y esté ahora comentándolo. En primer lugar no conozco la cocina australiana pero sí sé cómo se preparan estas jornadas. Luci, cocinera esencialmente autodidacta, adapta algún ingrediente de allí a recetas de ese recuerdo familiar y a los medios con que cuenta aquí. Además, ante una gastronomía hija de múltiples inmigraciones, la identidad puede ser diversa, así que lo que presentan no resulta tan ajeno a nuestro entorno cultural. Y en segundo lugar, estas jornadas son más que nunca una fiesta. Congregan a la escasa presencia aussie que puede haber por aquí con algún otro angloparlante residente y con la clientela habitual, tranquila y poco dada a excentricidades, así que lo fundamental es compartir y divertirse en torno a una mesa, unos platos y unas botellas de vino, no convertirse en embajadores de la gastronomía australiana. Aunque casi lo consiguen, que por aquí ha pasado el cónsul de aquel país y cerca anduvieron de traer a alguna celebridad a sus mesas. En fin, los que sí nos reunimos somos los habituales con ganas de disfrutar.

Vinos australianos de bodegas de gran producción (Yellow Tail) al lado de otros menos conocidos o de prestigio pero menor difusión (Penfolds), cerveza Coopers, carnes de canguro, emú o camello... Con esto se tiene que montar la fiesta.


 Un típico pastel de carne, con relleno especiado y sabroso, puré de patata y guisantes, abrió mesa esta vez. Bocado sencillo pero gustoso, que entra solo cuando está recién horneado. Los colores nacionales -amarillo y verde- acompañan en los manteles, cuelgan ramas de eucalipto de las paredes y hay pequeños coalas de peluche en cualquier esquina, entre otros adornos. Hemos venido a divertirnos.


Como plato principal escogí el cuello de emú guisado, algo casi obligatorio desde que participé en pequeña medida en la sugerencia de preparación, en aprovechar la gelatina y prepararlo al estilo del rabo de toro. Y así fue, con buen resultado. Me pareció una carne apetecible y con una consistencia grata, como me pasa con todas las de ese estilo.


Entre los distintos Penfolds "menores" que había para la ocasión me quedé con un monovarietal de shiraz porque me parece su uva fetiche y quería algo acorde con esa fiesta, más tipismo. Este Thomas Hyland 2010 se mostró tímido, tardaba en expresarse. Pero poco a poco, meneo a meneo de copa, fue desplegando especias, algo de pimienta, clavo; notas de cacao y presencia de la madera como con sordina, pero perceptible. No llegó a soltarse del todo a lo largo de la comida, quizá, pero fue un buen escudero ante las carnes. 
De postre me sugirieron esta pequeña bomba golosa, una macedonia macerada con miel y muesli y rematada con una crema de vainilla. Muy dulce pero fácil de tomar por el frescor de la fruta, por sus destellos de acidez. Y todavía pude probar, a modo de petit four aunque nada pequeño, otro de los postres, un bizcocho con dátiles, mientras me tomaba una taza de té y repasaba mentalmente esa comida y otras de años anteriores. 
No descubro nada nuevo, seré el enésimo que escribe que la felicidad está en pequeños detalles. Ese es el sabor de boca que me deja esta comida, mejor dicho, estas jornadas, el conjunto, todo lo que implican. Una suma de pequeños detalles entrañables, casi infantiles a veces, que agrupan recuerdos, anécdotas, que te acercan otra tierra y que intentan que te sientas bien al menos mientras estás en la mesa. Habrá a quien le parezca poco pero yo no creo que lo sea. Así que una vez más salí complacido de allí y pensé que volveré el próximo año, que me tomaré esa licencia frente a una propuesta exótica. ¿Exótica? No, los placeres de la mesa no lo son.

domingo, 20 de enero de 2013

Dos vinos singulares: Musikanto y OVNI

Efectivamente, dos vinos que no tienen muchos semejantes en las tiendas o en las cartas, dos vinos que llaman la atención y que, además de raros, destacan por sus cualidades, así que merecen ese calificativo: singulares.

Poco o nada se parecen entre sí aparte de ese carácter especial, pero por circunstancias caprichosas acabaron juntos en la mesa con los mismos amigos.

OVNI 2011 es un vino seco de Pedro Ximénez. Estamos acostumbrados a las elaboraciones en dulce de esa uva pero no tanto a las secas. Tengo entendido que por su tierra sí se dan pero por el norte no me parece que se prodiguen. De cualquier modo esa fue la apuesta del Equipo Navazos, hacer un vino fresco, desenfadado incluso, y comercializarlo de manera acorde. 

Mi relación con este vino se puede decir que empezó mal. Lo probé poco después de salir al mercado y me pareció insustancial, acuoso, sin cuerpo. En medio del ajetreo que hubo en las redes desde su aparición yo dije esto mismo en varios foros. Tardé tiempo en volver a encontrarme con él y con cierto afán de polémica volví a probarlo meses después. ¡Qué cambio! Aquel vino había crecido, se había hecho serio, no era el mismo. Desde entonces varió mi opinión sobre él y lo tomé varias veces más. En conversación con Ramón Coalla, que tanto tiene que ver con su gestación y que lo distribuye, reconoció dos posibles fallos: haberlo lanzado demasiado pronto, porque era algo ya probado lo mucho que había mejorado con ese tiempo en botella, y esa imagen tan informal. Ahora su vino se había hecho más grande en todos los sentidos, ahora merecería una mayor prestancia para que quien se le acercase lo tomase lo en serio que merece. Aquella conversación, el día que yo iba a comprar esta botella, terminó con el regalo de la misma. Es adecuado señalarlo aquí y es justo agradecerlo.

Pues bien, ahí estaba reservada para compartirla con unos amigos y para conocer su opinión. El resultado fue favorable, gustó en mayor o menor medida. Y sorprendió.

Por mi parte diré que me gusta esa insinuación salina leve, esa acidez contenida y mezclada con una nota amargosa tenue, que me parece capaz de hacer muy buen papel con alimentos informales, con aperitivos, con tapas. Que es fresco y agradable en esa función pero tiene ese aire de los vinos de su zona -Montilla Moriles- con más profundidad detrás. Que su nariz herbácea  atrae, invita a beber. La apuesta ahora será cuánto más puede crecer, cuánto puede aguantar, y por cuánto va a superar su inicial proyecto informal, porque hay más que eso en esa colorista botella.

La llegada a mis manos de Musikanto 2011 es todavía más rocambolesca. A raíz del estupendo artículo que le dedicó Joan Gómez Pallarès en su blog, yo hice un comentario sobre la dificultad de conseguirlo y pocos días después recibí un correo de Rafa Bernabé. En unas semanas tenía unas botellas con varios vinos de Rafa y compartí un breve encuentro con él y su familia, de vacaciones por Asturias. De nuevo es lo propio mencionar este detalle y agradecer el obsequio y el interés puesto en que lo conociese.

Ese encuentro me permitió conocer a otro de esos apasionados elaboradores de vino que parece que viviesen en un mundo ajeno a su mercantilización. Si el día a día son conversaciones grises sobre lo pobre de las cartas, los precios, los problemas de distribución... si eso es lo cotidiano, conocer a apasionados como Rafa Bernabé te reconcilia con el vino, te hace entenderlo de otra manera y te anima a ser optimista. Al fin y al cabo, apasionados, sí, quizá con un punto de locura, pero personas que viven de esto, que tienen su familia y sus necesidades y gustos como los demás, así que es posible, el sueño -el suyo- es posible. Y es posible que nosotros lo compartamos.

Musikanto es... Musikanto casi no sé lo que es. Parodiando la canción popular, ni es blanco ni es tinto; ni tampoco rosado en realidad. Si tenía una raíz tinta

(es de Garnacha peluda) se crió como blanco, más bien, y acabó pareciendo rosado como sin querer, como por azar. Técnicamente, la uva tinta y un contacto mínimo con el hollejo, quizá poco para pensar en la elaboración de rosados; una vinificación "casi" en blanco salvo ese mínimo aporte. Pero no es mínimo, hay mucho ahí. Así que encuentras en él notas de casi todos. El bonito color de un rosado, algunas puntas fragantes que a ciegas podrían hacerlo pasar por blanco, pero la nariz y el cuerpo de un tinto aunque sin ciertos elementos. Pensando todo esto, viendo su carácter y su origen festivo (os sugiero que leáis lo que escribió Pallarès y lo que recoge la web de Viñedos Culturales), a mí me viene a la cabeza el carnaval. Sí, es un vino de carnaval, es un vino que se disfraza, que juega, que provoca el equívoco pero que sabe bien quién es y no engaña, que está ahí, debajo de la máscara.

En fin, otra vez el resultado se parece: sorpresa y agrado. Cada uno aporta su matiz, su preferencia, pero el balance es buen a la vez que extraño.

Desde luego a mí también me ha cautivado este vino juguetón, enmascarado. Está la nota dulce de su grado pero suavizada por buena acidez, está un cuerpo bien armado, un agradable paso de boca y cierta longitud. Están cosas que no esperas y que te arrancan la sonrisa cómplice.

Qué grato es para un aficionado encontrarse con vinos atípicos, que te desafían, que te provocan, y que al final te gusten. Ayudan a hacer amigos más que otros y animan a seguir probando y descubriendo. Por lo menos, conmigo tienen ese efecto.